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La historia de AGA es, en buena medida, la historia de una empresa construida desde la austeridad, el esfuerzo y una convicción inquebrantable: reinvertir para crecer. Así lo recuerda José Luis Ayesa, socio fundador de la compañía, al repasar los primeros pasos de un proyecto empresarial que nació prácticamente sin recursos económicos pero con una enorme determinación por salir adelante.

«En ese momento trabajaba en Feliciano Aranzabal. Allí, junto con otros dos compañeros, que dejarón la sociedad hace tiempo, surgió la idea de montar esta empresa», explica José Luis Ayesa al recordar su origen. Aquellos inicios estuvieron marcados por una dificultad evidente: la falta de capital. «Nosotros teníamos un hándicap, que no teníamos dinero ninguno», rememora.

La imagen contrasta radicalmente con la dimensión actual de la compañía. Según relata, las primeras inversiones fueron extremadamente modestas. «Las primeras fueron unos taladros que valían 8.000 pesetas», señala. Con esos escasos medios materiales comenzó una aventura empresarial que acabaría consolidándose gracias a una filosofía de gestión basada en el sacrificio y la prudencia financiera.

Años sin cobrar para fortalecer la empresa

Durante los primeros años, la prioridad absoluta fue consolidar la compañía. Los socios fundadores asumieron que cualquier beneficio debía quedarse dentro de la empresa para garantizar su crecimiento.

«Estuvimos años trabajando al límite, reinvirtiendo el poco benficio que obteníamos», afirma José Luis Ayesa. Aquella decisión, difícil desde el punto de vista personal, permitió ir constru-
yendo una base económica sólida que más adelante resultaría decisiva.

El empresario explica que, una vez alcanzada una cierta estabilidad, optaron por una política muy clara: comprar siempre al contado. «Cuando teníamos cierto potencial económico comprabamos todo al contado y así conseguimos unos descuentos muy buenos», recuerda.

Esa estrategia tenía una doble ventaja. Por un lado, permitía reducir costes y mejorar la competitividad. Por otro, reforzaba la imagen de solvencia de la empresa frente a proveedores y colaboradores.

«Todas las empresas que vendían a Talleres AGA, lo hacían porque pagaba bien y rápido», destaca. Para José Luis Ayesa, esa reputación fue uno de los activos más importantes durante aquellos años. «Nos fuimos fortaleciendo y teníamos una imagen sólida y fuerte, aunque éramos una empresa pequeña», añade.

La inversión como motor de crecimiento

Si hay una palabra que se repite constantemente en el discurso del fundador, esa esinversión. José Luis Ayesa identifica esa apuesta permanente como uno de los elementos que explican la evolución de la compañía.

El primer gran salto llegó a través de la mejora en la calidad de los componentes con los que trabajaban. Según explica, muchas de las piezas que se utilizaban entonces presentaban problemas de calidad y requerían posteriores repasos y correcciones.

La situación cambió cuando comenzaron a trabajar con proveedores franceses que ofrecían un nivel de calidad muy superior. «Aparecieron unos franceses por aquí y vimos que sus productos tenían una calidad incomparable», explica.

Aquella experiencia supuso una lección empresarial que marcaría el futuro de la compañía. Posteriormente, aquellos proveedores franceses instalaron una fábrica en Barcelona, lo que facilitó todavía más la colaboración. Pero más allá del caso concreto, José Luis Ayesa destaca la enseñanza que extrajeron de aquella situación: la necesidad de apostar constantemente por la mejora continua.

Crecer para seguir invirtiendo

La evolución del negocio permitió que la empresa fuera ganando fortaleza económica. Lejos de modificar su filosofía inicial, esa mayor capacidad financiera se convirtió en una oportunidad para seguir reforzando el proyecto. «La misma evolución del trabajo y de los negocios nos hizo ser fuertes económicamente», explica.

Gracias a ello podían seguir incorporando equipamiento, tecnología y mejoras productivas sin comprometer la estabilidad financiera. «Hoy necesitamos comprar tal cosa, pues se compraba», recuerda.

Además, en aquel momento, mantener la política de pago al contado seguía generando ventajas competitivas. «Podíamos hacerlo con nuestra forma de trabajar, al contado y con descuento», señala.

Para el fundador, esa combinación entre solvencia económica y capacidad inversora fue determinante para construir el prestigio empresarial del que hoy disfruta la compañía.

«Aparte de aminorar los precios, el margen de prestigio que te daba frente a los vendedores era vital», asegura.

Del taller artesanal a la empresa actual

Al observar la evolución tecnológica del sector, José Luis Ayesa reconoce la enorme transformación experimentada por la industria durante las últimas décadas.

«Nosotros andábamos casi como los romanos», comenta con humor al comparar los medios de los que disponían en los inicios con los recursos actuales.

Sin embargo, lejos de mostrarse nostálgico, observa con satisfacción cómo las nuevas generaciones han sabido continuar el camino iniciado por los fundadores.

«Ahora estoy fenomenal. Paseo, tomo dos vinos tranquilamente y la familia es la que tiene que torear el toro», afirma.

José Luis Ayesa transmite una confianza absoluta hacia quienes han asumido la responsabilidad de dirigir la compañía. «Confianza total y plena en ellos», asegura.

El relevo generacional

Uno de los aspectos más destacados de su intervención es precisamente la tranquilidad con la que afronta el relevo generacional. José Luis Ayesa considera que la empresa queda en manos de profesionales preparados y capaces de responder a los desafíos actuales.

«La gente está bien preparada y está al tanto de todo, también de la tecnología que nosotros no teníamos», explica.

Aun así, considera que los principios que impulsaron el nacimiento de la empresa siguen plenamente vigentes. Trabajo, inversión, responsabilidad y visión a largo plazo continúan siendo, a su juicio, los pilares fundamentales sobre los que debe apoyarse el futuro de la organización.

Un deseo para el futuro

Al mirar hacia adelante, José Luis Ayesa no pone el foco únicamente en los resultados económicos.

Su principal deseo tiene que ver con las personas que continuarán escribiendo la historia de la empresa.

«Talleres AGA tenía prestigio y sigue teniendo prestigio», subraya.

Por ello, espera que las futuras generaciones mantengan tanto la unidad como el compromiso que permitieron construir el proyecto desde sus orígenes.

«Mi deseo, que los cuatro hijos se lleven bien y que trabajen todos en la misma dirección», señala.

Es una reflexión sencilla pero cargada de significado. Resume una trayectoria empresarial que comenzó con apenas tres socios, un puñado de herramientas y muchas horas de trabajo; y que hoy mira al futuro apoyándose en los mismos valores que marcaron sus primeros pasos: esfuerzo, inversión constante y confianza en las personas.